Balas perdidas CDRC (Parte V)
Hay personajes que parecen ser secundarios en las historias. Cindy apenas tiene diálogos en Ciudad de rotos corazones. Podría ser un personaje de relleno cualquiera, solo necesaria para que los personajes principales no aparezcan solos. Pero en este caso en particular, no lo es. La existencia (o no) de Cindy define todo el curso de la trama, y la forma en la que su historia colisiona contra la de Olivia y Martín hizo que alguien se preguntara por ella. Así que aquí está un poco de la historia jamás contada de Cindy.


El centro de rehabilitación es uno de los buenos.
Uno de los caros, con nombre de árbol. Pinares, los álamos, los robles, o algo así. Liv se ha enterado que en el mundo de las drogas más duras el tema de los árboles es un chiste común, sobre todo si eres exconvicto de algún árbol, lo que te convierte automáticamente en un yonqui gomelo.
Claro que no lo sabría, porque ella nunca estuvo en el mundo de las drogas duras y esta es su primera vez internada en un árbol, y aunque no tiene ninguna queja particular con respecto a los centros de rehabilitación en los que estuvo antes, este es una especie de Hilton para drogadictos, lo que estaría super bien si pudiera disfrutarlo de verdad, pero sucede que la tercera va a tener que ser la vencida, porque al parecer su cuerpo ha decidido dejar de cooperar con ella por las buenas, y en esta ocasión la abstinencia está siendo una perra.
- Te trajimos algo – Anuncia una voz alegre.
Olivia levanta la mirada desde el suelo y ve las calzas brillantes que a Sara le gusta usar. Aparta la mirada rápidamente y se rasca los brazos llenos de piel de gallina permanente hasta dejar marcas rojas.
- ¿Por qué estás en el suelo otra vez? – Se queja una segunda voz a la que reconoce como a María.
Son sus vecinas de habitación, una a cada lado.
Son las personas que más la han oído gritar por las pesadillas de la abstinencia, porque mucho árbol y todo lo que tú quieras, pero aquí se oyen gritos todo el tiempo como en cualquier otra clínica de este tipo.
- Me duele el cuello. Y la espalda – Se queja Olivia.
Una persona normal le diría que el suelo no ayudará con eso de ningún modo, pero ninguna de ellas dos lo hace, principalmente porque entienden que cada quien lucha contra la abstinencia como buenamente puede, y nadie la cuestiona porque para ella su cuerpo adolorido por los calambres encuentra solaz en el suelo más que en la cama de excelente calidad del árbol que ahora es su casa.
Sara se sienta en el suelo junto a ella, y Olivia se vuelve a rascar el brazo hasta hacerse sangre.
- Basta, deja de hacer eso – La regaña Sara, no porque no entienda esa picazón constante que es como energía debajo de la piel, sino porque Olivia ya ha pasado por esto muchas veces y debería ser mejor que los novatos que se arañan la piel hasta sangrar.
- Es que me recuerdas a ella – Farfulla Olivia entre dientes mientras se pone bocarriba mirando el techo.
María se sienta a su otro lado sin tocarla y apoya la espalda en la pared. Esta es su cuarta ronda de rehabilitación, y por lo que Olivia sabe, es una chica que siempre ha estado en árboles, porque el dinero no es el problema. La cuestión es que su vida parece bastante solitaria, y Olivia nunca ha visto que reciba una visita, que se imagina que es lo que hace que el círculo vicioso que la lleva de regreso a los antidepresivos sea uno que no pare nunca.
Pero a la vez, probablemente entienda mejor a Olivia que está en su tercera ronda mucho mejor que Sara, que está aquí por primera vez y, como todos la primera vez, está convencida de que saldrá y habrá aprendido su lección y nunca volverá a consumir.
Probablemente esa sea la razón de que sea Sara quien hace la pregunta en lugar de María.
- ¿A quién? – Pregunta Sara, y deja junto a ella la bandeja que trajo consigo.
- Te trajimos manzanilla con miel y galletas – Indica María en cambio.
- No tengo hambre – Murmura Olivia.
- No es para el hambre – Le dice María, y aunque no la está mirando, Olivia escucha la sonrisa en su voz – El té es para las náuseas y la ansiedad, y las galletas saladas para estabilizarte el estómago.
No le dice que la escucharon vomitando, y no hace falta porque resulta obvio.
Los doctores ya la han amenazado con que, si no logra retener lo que come, le van a poner una sonda nasogástrica, y a Olivia le da escalofrío imaginarse como todas esas anoréxicas que también están internadas aquí y andan por ahí con un tubo metido en la nariz, porque no es su culpa que su cuerpo no quiera quedarse con lo que come.
Así que, a regañadientes, se levanta hasta sentarse y le recibe a Sara la bebida que le trajo en un vaso plástico con animalitos dibujados. Su curiosidad por el recipiente tiene que ser evidente porque Sara le sonríe.
- Los espasmos me hacían quebrar cada puta taza que me daban. Y luego creían que me quería matar con la porcelana rota, pero no era eso, sino que no podía sostener las tazas. Por cierto, el banano ayuda con los espasmos, debimos traerte – Recuerda como para sí misma.
Olivia le da una media sonrisa que espera que parezca algo sincera, pero su labio inferior tiembla y esta vez no es un síntoma de la abstinencia sino una reacción normal cuando sus ojos se llenan de lágrimas sin derramar, porque Sara tiene más o menos la misma edad que tendría Cindy y a simple vista el parecido termina ahí, pero a la vez habla con esa misma alegría contenida, como si tuviera un millón de cosas por hacer todavía y el simple hecho de vivir este momento la estuviese deteniendo de hacer mucho más.
Se estremece cuando siente las lágrimas deslizarse por sus mejillas, y luego otra vez cuando María se levanta y le pone una manta térmica sobre los hombros, y luego se queda sentada a su lado.
La abstinencia hace que el cuerpo se sienta frío todo el tiempo, a pesar de que irónicamente le sudan las axilas y las ingles, y el sol brilla con fuerza al otro lado de la ventana así que no parece estar haciendo frío en realidad, así que Olivia se pregunta si todo ese frío viene de la pérdida. Sube la taza de té hacia sus labios para tomar un trago, pero sus manos están temblando y no lo logra.
María le recibe la taza y la deja a un lado, y le ofrece su apoyo silencioso, porque luego de haber pasado por esto cuatro veces, sabe que las palabras ya no lo solucionan todo.
Sara es menos políticamente correcta y no tiene experiencia en el asunto, así que se levanta sobre sus rodillas y trae a Olivia al interior de su abrazo. Si cierra los ojos, se encontraría a sí misma tras la barra del Bourbon, con el olor a café flotando todavía en el aire y las luces amarillas sobre sus cabezas, y Cindy abrazándola justo así por cualquier triunfo estúpido. Tal vez por el año de sobriedad que acaba de botar a la basura. Tal vez de alegría porque Martín había venido.
Ay, Martín.
Solo pensar en él se siente como recibir un puño en las costillas, y Olivia aparta el pensamiento tan rápido como puede, sencillamente porque no es capaz de hacerle frente.
- Perdiste a alguien – Asegura Sara, y menos mal no es una pregunta, porque lo único que Olivia le responde es un quejido lastimero que la hace sonar como un animal, y que convierte esas dos lágrimas solitarias en un río que siente que nunca va a poder frenar – Entiendo que no quieras hablar. Sé que has hecho esto antes, y a lo mejor yo no entiendo las reglas tan bien como ustedes. Sé todo eso. Pero también creo que podrías preferir decir su nombre aquí, solo con nosotras, en lugar de frente a un montón de gente en el grupo de apoyo, y sabes que te harán decirlo. Solo di su nombre, Liv. Sé que no va a cambiar nada ni va a menguar tu dolor, pero decir su nombre puede honrar a quienes se fueron no como la mancha que nos hizo estar aquí, sino como lo que realmente significaron para nosotras.
La respuesta de Olivia es otro sollozo animal y entrecortado, aún más horrible y doloroso por sus cuerdas vocales que no han podido sanar, porque luego de una intubación de emergencia bastante brusca, ha estado vomitando de manera regular, y eso le ha dejado un dolor de garganta crónico y una voz ronca que hace que su llanto salga oscuro y como de ultratumba, y el hecho de que ni su dolor suene como suyo la hace sentir enajenada y extraña hasta el punto de que no sabe si llora por tristeza o porque el cuerpo quiere llorar. El cuerpo quiere droga, y punto.
- Cindy – Dice entre sus sollozos entrecortados.
Sara simplemente la sostiene, y no le pide nada más.
Pero ahora el nombre de Cindy está ahí, y Sara tenía razón en que parece muy mal reducirla simplemente a “alguien que se fue y por eso ella está aquí”, como si hubiese sido su culpa morirse y que Olivia no pudiera soportarlo y volviera a consumir.
No quiere que Cindy sea solo la culpable de algo, no solo porque no lo es, sino porque reducirla a eso la hace sentir rastrera y culpable de no honrarla como se merece.
Así que deja que sus sollozos se calmen y finalmente se aparta de Sara. Se vuelve a sentar en el suelo frente a ellas, y toma con dificultad la taza de té para beber un sorbo. Todavía está caliente y se siente como algo vivo en su garganta lastimada, pero también resulta extrañamente reconfortante, así que toma un segundo sorbo. Se estira por una de las galletas, y la rompe sin querer porque sus manos no le obedecen, así que la deja de nuevo en el plato.
Le gotea la nariz, y no es porque esté resfriada. Ni siquiera porque acabe de llorar. Es simplemente la abstinencia, y la forma en la que parece llevarse consigo cualquier rastro de dignidad que intente al menos fingir.
Se limpia con una manga y habla a través de una lengua que se siente seca como el cartón.
- Cindy Rojas – Completa. Ve como Sara da un respingo, porque es un nombre que cualquier chica de su edad reconoce.
Olivia no se pierde el intercambio sutil cuando María le hace un pequeño gesto con la cabeza, como indicándole que se calle. Que no pregunte.
Considerando que Liv se desmoronó en mitad del compromiso de Katrina Donovan y fue sacada en brazos del salón por Martín Rivas debido a este asunto, se figura que algo ha debido de golpear los medios lo suficiente para que incluso recluida en este árbol, María lo sepa.
- Está bien – Suspira Olivia – Ella es… - Hace una pausa para tragarse el nudo salvaje en su garganta que hace que sus ojos se humedezcan de nuevo. Se mete las dos manos debajo de la curva de las rodillas, porque odia vérselas temblar – Era increíble. Todo el mundo la conocía.
- Aprendí a delinearme gracias a ella – Confiesa Sara en voz baja.
Liv se estremece por el recuerdo de la última vez que Cindy le delineó los ojos para esa cita con Martín. Recuerda que bailaron juntos. Recuerda cómo él la desnudó poco después, y su boca reverenció su piel de una manera para la que ni siquiera tiene palabras para conjurar una descripción, porque nunca nada se sintió igual. Recuerda cerrar sus ojos y dejarse ir, pensando que todo había valido la pena solo por este momento. Por llegar hasta ahí, con él. Recuerda haber ido al cielo y volver, y que su delineado estaba intacto al término del asunto.
Pensar en Martín trae todo un tipo de dolor y soledad completamente nuevos, y su cuerpo se estremece de nuevo, esta vez no por el frío y la abstinencia, sino por la pura ausencia de él, que ha drenado de color el mundo y ha vuelto a dejarlo apagado en tonos de gris.
No vayas ahí, se regaña a sí misma. No pienses en él. No pienses en él. Porque solo imaginarse que va a salir a un mundo en el que no va a volver a ver esa sonrisa con hoyuelos hace que se le olvide por qué está luchando, y le debe algo mejor a Cindy.
- Creció en una casa pequeña, con una madre que trabaja demasiado para darle lo más básico, y padrastros intermitentes que ni siquiera importaban. No era desagradecida, pero siempre soñó con una vida diferente, y desde pequeña fue un poco artista, así que dibujaba los rostros de las revistas y copiaba los maquillajes primero en papel. A los 13 años empezó a trabajar sacando fotocopias en una papelería del barrio, que vendía algo de maquillaje barato, y se compró sus primeras cositas de belleza. A los 14 empezó a subir tutoriales desde su habitación con una cámara prestada, y sin darse cuenta, se convirtió en una de las primeras Beauty Bloggers locales. Fue una influencer antes de que eso existiera. Una pionera – Completa, y se le apaga la voz, porque nunca ha contado la historia de Cindy en voz alta.
Nunca tuvo que hacerlo, porque en realidad Cindy fue bastante famosa y es una historia que todo el mundo sabe, pero decirla de nuevo en esta habitación fría es un grito hacia un mundo que la olvidó rápidamente en el que reivindica que Cindy existió, y que su huella fue importante.
- Lo que más nos gustaba de ella era justamente que usaba productos baratos y nos enseñaba a sacarles provecho. Las que vinieron luego de ella usaban cosas que nadie podía pagar de verdad – Comenta Sara, animándola.
El corazón de Liv se contrae, porque a pesar de que esta chica hoy está aquí y su vida no volverá a ser la misma cuando salga, la huella de Cindy ya viaja con ella, y cada vez que se delinee los ojos y se sienta bonita, el legado de Cindy seguirá viviendo.
- Tenía mucho carisma – Dice Olivia con una sonrisa, mientras la cara sonriente de Cindy pasa con un fantasma por dentro de sus párpados – Sabía explicar la técnica y se tomaba el tiempo de responder los comentarios uno por uno, y eso hizo que la fama llegara. Tal vez demasiado rápido. A los 16 las marcas la empiezan a contactar, y los viajes hacen que deje el colegio sin terminar. En una industria que no entendía y con unas ganancias que no estaba lista para manejar, la convirtieron en un producto.
Traga saliva, porque fue un producto que consumieron todos.
Aunque la gente participara o no, Olivia recuerda a los programas de chismes baratos de la televisión nacional dándose un festín con su cuerpo, y el momento en el que los videos se hicieron virales y ella empezó a facturar en serio, se acuerda de haber visto como los comentarios de sus fans devotos se mezclaban con los insultos y los comentarios de odio en sus redes sociales, como si nadie se diera cuenta de que, detrás del personaje, ella todavía era solo una niña.
- Los halagos obsesivos se mezclaron con las amenazas y la sexualización a la que la sometieron. Empezó a tomar alcohol en eventos. Luego, pastillas para aguantar un poco. Y finalmente, coca para rendir.
Sara hace un ruidito, porque la coca es justamente su dolor, y aunque su historia es diferente de la de Cindy, este es el punto en el que todas las historias se vuelven la misma.
- Liv – Escucha que la detiene María, y le pone una mano en el hombro.
Al principio no se da cuenta de por qué le están llamando la atención, hasta que siente su cuerpo temblando con tanta fuerza que casi se convulsiona, y se muerde sin querer su propia lengua con tanta fuerza que le saltan las lágrimas, y en el instante en el que empieza a llorar, siente que no puede parar.
En lugar de proferir los gritos salvajes que desea, esta vez su llanto es silencioso y mudo, porque ha perdido el derecho de romperse las cuerdas vocales por una historia que no honró ni un segundo cuando se paró en ese cementerio a despedirla con el cuerpo lleno de oxicodona, como si la muerte de Cindy no le hubiera enseñado nada.
- Cuando cumplió 17 años empezó a tener insomnio crónico y ataques de pánico. Estaba sometida a dietas muy extremas, porque le importaba mucho la opinión de los haters. Ahí tuvo su primer contacto con la heroína, y le gustó que en lugar de exaltarla como la coca, la apagaba. En un mundo que no se callaba, esa anestesia lo era todo – Declara Sara.
Liv la mira entre sus lágrimas sin entender, mientras María solo la observa con la boca a medio abrir, como si se hubiera quedado detenida en medio de una palabra, y obviamente sin entender nada.
Sara dibuja una pequeña sonrisa, aunque sus tersas mejillas todavía demasiado jóvenes se tiñen de una sombra de rosa.
- Yo….era fan – Confiesa – Como…muy fan – Verifica.
- ¿De Cindy? – Confirma Liv.
- Uhm, si – Acepta Sara tímidamente – Publicaron esa biografía que obviamente no escribió ella, pero aún así la compré. Nunca pensé que me terminarías hablando sobre ella.
Olivia se ríe entre lágrimas, figurándose que toda la amabilidad de Sara al principio probablemente solo se debió a su conexión con Cindy, pero al final sus historias se entrelazaron por las pesadillas y los dolores compartidos, y aunque solo hasta hoy el nombre de Cindy ha salido en voz alta de los labios de Liv, Sara ya es parte de su historia para siempre.
- Me gustaría escucharte – Susurra Liv con un hipido. Su cara sigue llena de tantas lágrimas que ya ni se molesta en secarlas.
- ¿Escucharme? – Repite Sara.
- Hablar sobre ella – Aclara Liv – Dios, esto le habría encantado.
- Entró a rehabilitación después y desapareció de las redes sociales, aunque se supo que intentó limpiarse sin mucho éxito un par de veces. Solía estar muy enojada con ella porque no solo lo dejaba y regresaba – Dice Sara con una risita irónica – Suena muy estúpido decirlo aquí.
- Creo que no es estúpido si ambas toman la decisión de honrar su vida – Comenta María suavemente.
Hay un pequeño momento de silencio en el que tanto Olivia como Sara se quedan en los recuerdos que tienen con Cindy, ambas de maneras tan diferentes, pero a la vez tan importantes a su modo.
- No fue como la gente cree – Susurra Olivia, y esnifa – No fue dramático. Ni romántico. Ella nunca se drogó para subir, sino para apagar el ruido, y así mismo se fue. La encontraron en su apartamento sola. No fue como en las películas. Mi recaída fue dramática y estruendosa, pero ella….Fue silenciosa. Y estaba sola. No paro de pensar en que se murió sola, y yo….
Se atraganta con la culpa, pero aún así saca las palabras a través de su garganta reseca y constreñida por la pena y la abstinencia.
- Yo estaba en los brazos del hombre que más he amado en toda mi vida. Estaba ocupada. Enamorada. No le puse atención. Yo… - Otro espasmo la sacude, y habla a través de esos dientes que castañean – Me dejé ir en mi pequeña nube feliz y no…
- ¿Crees que ella quería que no vivieras? – La detiene Sara con una brusquedad inesperada.
- Sara… - Intenta mediar María, pero la más joven levanta su mano y la detiene.
- No. Cállate. No voy a fingir que la conocía como toda esa gente estúpida que se hacía pasar por su amiga, pero si entiendo esto, porque lo entendemos todas: Cada una de nosotras tomó las decisiones que nos trajeron hasta acá, y no es culpa de nadie. Por eso, la forma más egoísta de afrontar esto es esperar que otros lo hagan por nosotros, y creo que ella no querría que te culparas. Ciertamente no ahora, pero sobre todo no cuando estuviste con ese chico del que hablas con tanto amor, y cuyo nombre gritas todas las noches, por si nadie te lo ha dicho.
- ¡Sara! – Exclama María.
- Déjala – Susurra Olivia, porque nadie se ha atrevido a cantarle las verdades que se merece luego de lo que pasó, y aunque duele como un millón de alfileres clavándosele en la piel, también es extrañamente refrescante de un modo que se siente necesario.
- Esa biografía de mierda hablaba de ustedes. De todos, allá en el Bourbon. De como la sostuvieron y la acompañaron. De como le compraban pastel cada vez que festejaba un par de meses sobria, incluso si recaía otra vez. Como le tranzaban el pelo en la clínica para que no se le arruinara. Tú le diste eso – Puntualiza Sara enfáticamente – Así que claro que ella querría que fueras feliz, y claro que no la dejaste sola. No la honras viviendo con culpa, ni haciendo de ella la razón por la que recaíste. La honras siendo la razón por la que no te mueres, así que no te mueras, maldita sea. Solo camina por esa puerta, y haz todo lo que ella no pudo.
Las lágrimas se le escurren mientras habla. Tal vez por la historia de Cindy, o por la suya propia, y no importa.
Olivia se deja caer en su dirección, y la abraza.
Por primera vez no son pacientes en un árbol.
Esa noche, se convierten en personas luchando.
Y aunque la lucha nunca pare, ahora tienen una razón para levantarse una y otra vez.
En cada barrio, cada pueblo, cada esquina en la ciudad
Hay un corazón partido que no para de sangrar
Y un ejército de gente balbuceando su verdad
De cosas estancadas que quedaron por hablar
Historias de no correspondidos, y de amigos que no están
De gente que habla sola, y sus palabras abortadas de no hablar....
(La gente que habla sola - Ataque 77)
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Para Andre, con amor.